Ecología Integral

¿Transición energética para quién?

La transición energética sólo será justa si cambia tanto la fuente de energía como quién se beneficia de ella. Esta reflexión de la Iniciativa Federativa de Ecología Integral parte de un webinar realizado junto con la Red de Centros Sociales de la Compañía de Jesús en América Latina y el Caribe.

Transición energética y justicia climática: desafíos para la educación y la acción social en el cuidado de nuestra Casa Común
Fotografía Fe y Alegría Bolivia
Avita Alejos, Irma Mariño, Estefanía Medinaceli | September 11, 2026

La transición energética es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Necesitamos reducir rápidamente la dependencia de los combustibles fósiles y avanzar hacia formas de producir y consumir energía más limpias y sostenibles. Pero la pregunta no es solamente cómo cambiar la matriz energética, sino para quién y con qué consecuencias.

Una transición energética justa debe garantizar el acceso a la energía, proteger a las personas y comunidades más vulnerables, respetar los derechos de los pueblos indígenas y las comunidades locales, y asegurar condiciones dignas para los trabajadores cuyos empleos pueden verse afectados por la transformación del sistema energético.

No basta, por tanto, con sustituir petróleo, gas y carbón por energías renovables. Si permanecen el extractivismo, la concentración de la riqueza, la exclusión de las comunidades y las desigualdades en la toma de decisiones, tendremos una transición energética, pero no necesariamente una transición justa.

Esta fue una de las principales preguntas que atravesó el webinar realizado el pasado 26 de junio, en el que educadores y educadoras, agentes pastorales y activistas sociales de distintos territorios de América Latina y el Caribe dialogaron sobre los desafíos de construir sistemas energéticos más limpios, democráticos e inclusivos. El encuentro contó con la participación de Alberto Ríos, de la Universidad Técnica de Ambato (Ecuador), y Tania Ricaldi, economista boliviana especializada en sostenibilidad y coordinadora regional del Grupo de Trabajo.

Comprender la crisis para asumir responsabilidades

Alberto Ríos comenzó su exposición preguntándose cómo sabemos que el planeta se está calentando. Una de las claves está en la concentración de dióxido de carbono (CO₂) en la atmósfera, medida en partes por millón (ppm).

Desde las mediciones sistemáticas iniciadas en 1958, la concentración atmosférica de CO₂ ha aumentado de alrededor de 310 ppm a más de 420 ppm, frente a unas 280 ppm antes de la Revolución Industrial. Aunque la diferencia pueda parecer pequeña, tiene enormes consecuencias a escala planetaria.

El CO₂ es un gas de efecto invernadero. Su presencia es necesaria para la vida, pero el problema aparece cuando las actividades humanas —especialmente la quema de carbón, petróleo y gas, junto con la deforestación y otras actividades— incrementan su concentración mucho más allá de la capacidad de absorción de los bosques, océanos y suelos.

Por eso, reducir las emisiones es urgente. No se trata solamente de “contaminar menos”, sino de transformar de manera profunda y sostenida nuestros sistemas de producción, consumo y generación de energía.

Pero la crisis climática también plantea una cuestión de justicia. No todos los países ni todas las personas han contribuido de la misma manera al calentamiento global, ni sufren sus consecuencias de igual forma. Los países industrializados han generado históricamente una parte importante de las emisiones, mientras numerosas comunidades del Sur Global, que han contribuido mucho menos a la crisis, enfrentan algunos de sus impactos más graves.

De ahí surge un principio fundamental de la justicia climática: las responsabilidades son comunes, pero no iguales. Quienes históricamente han emitido más tienen una responsabilidad mayor en la reducción de emisiones, el financiamiento de la transición y el apoyo a las comunidades y países más vulnerables.

La transición energética no es, entonces, solamente una cuestión tecnológica. Es también una cuestión de responsabilidad, solidaridad y justicia.

Fotografía: Fe y Alegría Bolivia

No toda transición es justa

Tania Ricaldi llevó la conversación a una pregunta decisiva: ¿transición energética hacia dónde y para quién?

Cambiar las Z y reconocer los derechos de los pueblos indígenas y de la naturaleza. Implica:

  • Desfosilizar, reduciendo la dependencia del carbón, petróleo y gas.
  • Desmercantilizar, entendiendo la energía también como un bien necesario para la vida.
  • Desprivatizar, ampliando las formas públicas, comunitarias y sociales de gestión.
  • Despatriarcalizar, reconociendo las desigualdades de género y el papel de las mujeres.
  • Descentralizar, acercando la producción y las decisiones a los territorios.
  • Diversificar, promoviendo distintas fuentes, tecnologías y formas de gestión.
  • Desconcentrar, evitando que el poder y las decisiones energéticas queden en pocas manos.

Esta transformación debe ir acompañada de una nueva cultura energética, del uso eficiente de la energía y de una mirada que articule la soberanía energética con el agua, la alimentación y el territorio.

La transición debe distribuir justamente sus beneficios y sus costos, generar trabajo digno, proteger a las poblaciones más vulnerables, fortalecer la autonomía de las comunidades, recuperar saberes ancestrales y reconocer las deudas históricas —climáticas, ambientales, sociales y financieras— con quienes menos han contribuido a la crisis.

 Experiencias que ya están construyendo alternativas

La transición energética justa no es solamente una propuesta para el futuro. Ya existen experiencias que muestran que es posible comenzar a transformar la relación con la energía desde los territorios.

En Bolivia se compartieron iniciativas como viviendas con biogás, biodigestores comunitarios, sistemas de bombeo de agua con energía fotovoltaica, secadores solares, energías renovables para pequeñas empresas, bicimáquinas, cocinas solares y proyectos de empoderamiento energético de mujeres.

Entre ellas destacó el Kiosco Solar Saludable, un kiosco móvil equipado con energía solar y gestionado comunitariamente que ofrece alimentación saludable en espacios públicos y universitarios. Su valor no está solamente en la tecnología, sino en mostrar que la energía puede ponerse al servicio de las personas, la alimentación, la comunidad y la vida.

También se presentaron experiencias desarrolladas en Perú desde instituciones educativas y centros sociales.

En Arequipa, la institución educativa Paola Frassinetti (Fe y Alegría 45) utiliza paneles solares para contribuir al funcionamiento energético de la escuela, reducir su huella de carbono y generar ahorro económico. Al mismo tiempo, convierte la energía solar en una experiencia pedagógica: la escuela se transforma en un laboratorio vivo donde los estudiantes pueden comprender su funcionamiento y reflexionar sobre el cuidado del ambiente.

Por su parte, en la ciudad del Cusco, la Asociación Jesús Obrero – CCAIJO desarrolla una experiencia de economía circular vinculada a la cadena láctea, incorporando riego fotovoltaico, cercos eléctricos con energía solar, tratamiento de residuos y aprovechamiento del estiércol para producir biol y compost. Estas prácticas permiten reducir costos, aprovechar mejor los recursos, proteger el suelo y fortalecer la economía de pequeños productores.

Son experiencias diversas, pero comparten una enseñanza: la transición energética puede comenzar en las escuelas, las comunidades y las actividades productivas cotidianas.

Educar para transformar

La educación ocupa un lugar central en este proceso. No basta con transmitir información sobre el cambio climático o enseñar nuevas tecnologías. Necesitamos una educación transformadora para la ciudadanía ecológica, capaz de cuestionar los modelos de desarrollo que generan exclusión y deterioro ambiental, pero también de mostrar que existen alternativas.

Esto supone educar desde la suficiencia y la cooperación, comprender la Casa Común desde la interdependencia, incorporar una pedagogía del cuidado, promover enfoques feministas e interculturales y fortalecer la capacidad de las personas y comunidades para participar, decidir y transformar su realidad.

Las escuelas y los centros sociales pueden ser espacios privilegiados para experimentar otras formas de relacionarnos con la energía, los bienes naturales y entre nosotros. Un panel solar, un biodigestor, una huerta, un sistema de reciclaje o una iniciativa de economía circular pueden convertirse en mucho más que soluciones técnicas: pueden ser herramientas educativas para aprender a cuidar, participar y construir alternativas.

Fotografía: Fe y Alegría Ecuador

La esperanza ya está en los territorios

La crisis climática exige decisiones urgentes. Las cifras de CO₂ y los impactos que ya viven millones de personas nos recuerdan que no podemos seguir postergando las transformaciones necesarias.

Pero esta transición tampoco puede construirse desde el miedo o el fatalismo. Las experiencias compartidas durante el webinar muestran que la esperanza no consiste en esperar que las cosas cambien, sino en reconocer y fortalecer aquello que ya está cambiando.

La esperanza está en las comunidades que producen su propia energía, en las mujeres que adquieren mayor autonomía, en los pequeños productores que incorporan prácticas sostenibles, en las escuelas que convierten la energía solar en aprendizaje y en los territorios que defienden sus bienes naturales y construyen alternativas.

La pregunta, entonces, no es solamente qué energía queremos para el futuro, sino qué sociedad queremos construir con esa energía.

Una transición energética justa debe cuidar el planeta, pero también cuidar a las personas. Debe reducir las emisiones, pero también las desigualdades. Debe incorporar nuevas tecnologías, pero también recuperar saberes y fortalecer la participación comunitaria.

Porque cuidar la Casa Común no consiste únicamente en cambiar la manera en que producimos energía. Consiste en transformar la manera en que entendemos la vida, la economía, el poder y nuestras responsabilidades con los demás y con la naturaleza.

La transición energética será verdaderamente justa si pone la energía al servicio de la vida, de los pueblos y de un futuro compartido. Y ese futuro ya comienza a construirse, desde los territorios, las comunidades y las escuelas.

Fotografía Fe y Alegría Paraguay, Emprendimientos organicos


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