La educación también es una forma de cuidar el territorio
Del 16 al 22 de agosto, el XII Foro Social Panamazónico reunió en Puyo, Ecuador, a pueblos indígenas, afrodescendientes y movimientos sociales para defender sus territorios frente a la deforestación, la minería ilegal y el despojo. Fe y Alegría participó y reafirmó que una educación arraigada en el territorio es también una forma de cuidarlo y transformarlo.
Del 16 al 22 de agosto de 2026, Puyo, Ecuador, se convirtió en territorio de encuentro, palabra y resistencia. Bajo el lema “Amazonía, un solo territorio”, el XII Foro Social Panamazónico (FOSPA) reunió a pueblos indígenas, afrodescendientes y comunidades locales, movimientos sociales, organizaciones populares, academia y actores de la sociedad civil de los países que conforman la Panamazonía.
Más que un espacio de debate, el FOSPA fue un territorio político de encuentro entre quienes, desde sus comunidades y organizaciones, defienden la vida frente a un modelo económico que convierte los territorios en mercancía, los bienes comunes en recursos explotables y a los pueblos en obstáculos para el extractivismo. En Puyo se hicieron visibles las múltiples resistencias que atraviesan la Amazonía: la defensa del territorio, la lucha de las mujeres y las diversidades, la autonomía y el autogobierno de los pueblos, las economías para la vida y la defensa de los bienes comunes.
El FOSPA nos recordó que la Amazonía no es un espacio vacío disponible para ser explotado. Es territorio, memoria, cultura, espiritualidad, comunidad y vida. Es casa de pueblos que durante siglos han cuidado y defendido un ecosistema fundamental para el equilibrio del planeta.
En este contexto, la crisis climática no puede entenderse separada de la crisis social, política y económica que viven las comunidades. La deforestación, la minería ilegal, el avance de la agroindustria, el narcotráfico, la contaminación de los ríos y el despojo territorial no son hechos aislados: son expresiones de un modelo de desarrollo que profundiza las desigualdades y amenaza las condiciones mismas de la vida.
Frente a esta realidad, Fe y Alegría se hace presente desde la educación popular. No para hablar por los pueblos, sino para escuchar sus voces; no para llegar con respuestas prefabricadas, sino para aprender de sus saberes; no para caminar delante de las comunidades, sino para caminar junto a ellas.
Porque educar en la Amazonía significa también aprender a leer el territorio, reconocer sus heridas, escuchar sus memorias y acompañar las luchas de quienes lo defienden.
En el XII FOSPA encontramos mujeres indígenas que sostienen la soberanía alimentaria y defienden la vida comunitaria; jóvenes que se organizan frente a la violencia y reclaman el derecho a permanecer dignamente en sus territorios; sabios y sabias que custodian conocimientos ancestrales; campesinos, pueblos afrodescendientes, educadores y organizaciones comunitarias que resisten la mercantilización de su casa común.
Son también maestros y maestras de otra forma de entender el mundo.
Sus experiencias nos interpelan como movimiento de educación popular. Nos recuerdan que la escuela no puede estar de espaldas a lo que ocurre en el territorio y que enseñar no puede reducirse a transmitir conocimientos desconectados de la vida. En contextos de amenaza, la educación puede convertirse en un espacio para nombrar las injusticias, recuperar la memoria, fortalecer la identidad, defender los derechos, organizarse y construir alternativas.

La educación como territorio de resistencia
La Declaración de Puyuk, construida en el marco del FOSPA, coloca a la Amazonía frente a una situación de emergencia y reafirma la necesidad de defender su biodiversidad, sus territorios y el equilibrio climático del planeta.
En este escenario, defender una educación pública, gratuita, intercultural, comunitaria, multilingüe y de calidad es también una decisión política. La justicia climática necesita de la justicia educativa. No puede haber defensa del territorio si los pueblos no tienen garantizado el derecho a aprender, participar, decidir y ejercer su autonomía.
Por eso, la educación no puede ocupar un lugar secundario en las estrategias de transformación de la Amazonía. La escuela, los espacios comunitarios de aprendizaje y las organizaciones populares son también territorios de resistencia.
Allí se disputa qué memoria se transmite, qué conocimientos se reconocen, qué voces son escuchadas y qué futuro se considera posible.
Educar es, en este sentido, una forma de resistencia frente al olvido y frente a los discursos que presentan el extractivismo como único horizonte de desarrollo. Es recuperar la memoria de los pueblos, valorar los saberes ancestrales, reconocer a las comunidades como sujetas políticas y fortalecer capacidades para defender el territorio.
Pero educar también es construir esperanza.
Una esperanza que no significa esperar pasivamente un futuro mejor, sino organizarse colectivamente para hacerlo posible.
Fe y Alegría: aprender, escuchar y caminar con los pueblos
Nuestra presencia en el FOSPA reafirma el compromiso de Fe y Alegría con una educación popular que se deja transformar por los territorios donde está presente.
Desde la iniciativa federativa de Ecología Integral, reconocemos que la crisis socioambiental es también una crisis educativa. Por ello, nuestra tarea pasa por fortalecer prácticas institucionales y pedagógicas capaces de vincular escuela, comunidad y territorio; promover diálogos intergeneracionales; recuperar saberes locales y ancestrales; y formar personas capaces de participar activamente en la defensa de la vida y de los bienes comunes.
Fe y Alegría aprende de los pueblos amazónicos que educar es también cuidar. Que cuidar es también defender. Y que defender la vida requiere organización, conciencia, memoria y esperanza.
Este aprendizaje nos desafía a transformar nuestras propias prácticas. Nos invita a que nuestras escuelas sean espacios donde niñas, niños y jóvenes puedan comprender críticamente lo que sucede en sus territorios, reconocer sus derechos, fortalecer su identidad y desarrollar capacidades para participar en las decisiones que afectan sus vidas y sus comunidades.
La educación popular puede así contribuir al fortalecimiento de economías propias y solidarias, como la agroecología y el ecoturismo comunitario; impulsar redes de jóvenes y lideresas comprometidas con la defensa del agua y la naturaleza; promover iniciativas de monitoreo y cuidado territorial; y abrir espacios donde los conocimientos científicos dialoguen de manera horizontal con los saberes ancestrales.
Se trata de una educación que no prepara a las nuevas generaciones únicamente para incorporarse al mercado laboral, sino también para ser ciudadanía, comunidad y pueblo; para cuidar la casa común y defender el derecho colectivo a existir con dignidad en los territorios.
Memoria para no olvidar, educación para transformar
En la Amazonía, la memoria también es una forma de resistencia.
Memoria de los pueblos que han sobrevivido a siglos de exclusión y despojo. Memoria de las comunidades que han defendido sus ríos, sus bosques y sus culturas. Memoria de las mujeres que han sostenido la vida comunitaria. Memoria de quienes han alzado su voz para denunciar las injusticias y defender sus territorios.
La educación tiene la responsabilidad de custodiar esas memorias y convertirlas en aprendizaje para las nuevas generaciones.
Por eso, educar para la justicia socioambiental implica también educar para recordar. Para que las nuevas generaciones conozcan las luchas de sus pueblos, comprendan las causas de las desigualdades y puedan construir nuevos caminos sin romper los vínculos que sostienen la vida comunitaria.
La memoria no es solamente pasado. Es una herramienta para interpretar el presente y disputar el futuro.
Mujeres y jóvenes: protagonistas de la transformación
El FOSPA también reafirma que no habrá justicia ambiental sin justicia social y de género. Las mujeres amazónicas no pueden ser reconocidas únicamente como cuidadoras de la vida: son sujetas políticas, lideresas, defensoras territoriales y protagonistas de las transformaciones de sus comunidades.
De la misma manera, los jóvenes no pueden ser considerados únicamente como destinatarios de las políticas educativas. Son actores políticos del presente, capaces de imaginar otras formas de relacionarse con el territorio y de construir alternativas frente a la violencia, la exclusión y el desarraigo.
La educación popular tiene aquí una tarea fundamental: abrir espacios para que esas voces sean escuchadas, para que puedan organizarse y para que tengan herramientas para participar y decidir sobre el futuro de sus comunidades.

Caminar hacia una educación sin fronteras
El FOSPA nos deja una convicción profunda: la Amazonía es un solo territorio y sus luchas tampoco tienen fronteras.
Por ello, la educación popular está llamada a construir puentes entre países, comunidades, pueblos y generaciones. A compartir aprendizajes, conectar resistencias y fortalecer redes que permitan enfrentar colectivamente desafíos que también son comunes.
Para Fe y Alegría, una educación sin fronteras, sin muros, significa reconocer que las escuelas forman parte de comunidades concretas, pero también de una realidad regional y planetaria. Significa educar desde el territorio y, al mismo tiempo, comprender las estructuras económicas y políticas que lo atraviesan.
Significa formar personas capaces de preguntarse no solo qué mundo heredarán, sino también qué mundo están dispuestas a construir.
En Puyo sentimos latir el corazón de la Panamazonía y escuchamos el clamor de sus pueblos. Allí confirmamos que la educación puede ser un lugar de encuentro entre memoria y futuro, ent
Fe y Alegría quiere seguir estando allí: aprendiendo, escuchando y caminando con los pueblos.
Porque allí donde una comunidad defiende su río, donde una mujer levanta su voz, donde un joven decide quedarse y construir futuro en su territorio, donde una escuela recupera la memoria de su pueblo y donde educadores y comunidades se organizan para defender la vida, también está naciendo esperanza.
Y es allí donde la educación popular encuentra su sentido más profundo: educar para que nadie tenga que abandonar su territorio para tener un futuro; educar para que los pueblos puedan decidir sobre sus vidas; educar para cuidar la casa común; educar para resistir, recordar y transformar.
En cada rincón de la Amazonía donde está presente Fe y Alegría, seguiremos apostando por una educación que sea acto de fe, de amor, de justicia y de resistencia, para que cada niña, niño y joven pueda aprender, participar, permanecer y proyectar su vida con dignidad en su propio territorio.
Porque la Amazonía no necesita que otros hablen por ella.
Necesita que caminemos con sus pueblos para que sus voces sean escuchadas, sus derechos sean reconocidos y su futuro pueda seguir siendo construido desde la dignidad, la justicia y la esperanza.
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