¿Qué estrategias funcionan para educar a quienes el sistema deja fuera?
De cara al Congreso Internacional de Fe y Alegría en Lima, del 19 al 21 de octubre, Fe y Alegría comparte las estrategias que ya están funcionando: trayectorias flexibles, formación para el trabajo y educación construida desde los propios territorios.
Antes de que las delegaciones se reúnan en Lima, comunidades de aprendizaje de Fe y Alegría en Bolivia, Brasil, Chad, Colombia, Ecuador, El Salvador, España, Haítí, Honduras, Italia, Madagascar, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, la Red de IRFA y Uruguay respondieron una misma pregunta: ¿qué puede esperar Fe y Alegría del trabajo con las poblaciones que quedan al margen del sistema educativo? Sus respuestas no se quedan en el diagnóstico: identifican retos compartidos, rescatan estrategias que ya funcionan y proponen un rumbo para los próximos años.
Más allá de las particularidades de cada territorio, los 18 países coinciden en un mismo diagnóstico de fondo: la ausencia o debilidad del Estado explica buena parte de la exclusión educativa. Faltan políticas públicas centradas en la inversión educativa, sobran marcos legales rígidos y vacíos normativos, y persisten brechas de infraestructura y de acceso digital que golpean con más fuerza a las zonas rurales y a las poblaciones originarias.

A esas carencias estructurales se suman los retos propios de sostener los programas en el día a día: la deserción escolar, la escasez de docentes formados para atender a poblaciones vulnerables, las barreras lingüísticas y culturales de las familias migrantes, y la necesidad de prevenir la violencia escolar mientras se protege el derecho a aprender. Ninguna de estas dificultades es nueva para Fe y Alegría.
Frente a un sistema educativo que ofrece programas “remediales”, pensados para otros contextos y sin responder a quienes realmente atiende, los países coinciden en que la salida pasa por construir trayectorias propias: itinerarios que combinan alfabetización, formación para el trabajo y desarrollo humano, currículos situados y modalidades flexibles de horario, y puentes reales entre la educación regular, la alternativa y la superior.
Esas trayectorias se apoyan en procesos participativos que involucran a estudiantes, familias y comunidades desde el diagnóstico mismo de cada programa; en un acompañamiento al desarrollo humano que trabaja el proyecto de vida y el fortalecimiento socioemocional, no solo el contenido académico; y en la vinculación temprana de la educación con el mundo del trabajo, que convierte la continuidad educativa en una vía concreta hacia el empleo digno.
La formación docente aparece, una vez más, como la pieza que sostiene todo lo demás: sin educadoras y educadores preparados y acompañados, ninguna de estas estrategias se sostiene en el tiempo. Y la educación a distancia, lejos de ser solo una respuesta de emergencia, se consolida como herramienta de acceso para quienes viven más lejos y de flexibilidad para quienes concilian el estudio con el trabajo.

De la experiencia a la política pública
Varias de estas experiencias dejaron de ser propuestas aisladas de Fe y Alegría para convertirse en referentes que otros actores retoman: modelos educativos flexibles, programas de formación para el trabajo y emprendimiento, y propuestas de educación intercultural e inclusiva que hoy se citan en políticas y prácticas educativas más allá de sus países de origen.
¿Cómo se logra ese salto? Sistematizando la experiencia hasta convertirla en evidencia, formando y transfiriendo capacidades a otros equipos y gobiernos, dialogando de forma sostenida con las autoridades educativas, tejiendo alianzas interinstitucionales y ocupando espacios de gobernanza donde se vigila y se aporta a la política pública. Ninguna de estas vías reemplaza a las demás: los países que más incidencia han logrado son los que las combinan.
Las comunidades de aprendizaje no se quedaron en mirar hacia atrás: también propusieron hacia dónde debe moverse Fe y Alegría. Entre sus prioridades para el próximo periodo destacan nuevas respuestas frente a vulnerabilidades emergentes, la incorporación crítica de la inteligencia artificial, la educación intercultural para contextos de movilidad humana, y un mayor protagonismo de estudiantes, jóvenes y familias en el diseño de las propuestas educativas.
También insistieron en algo más político: construir y posicionar agendas públicas sobre el derecho a la educación de las poblaciones vulnerables, exigir mayor responsabilidad del Estado en sostener los servicios educativos, y diversificar las fuentes de financiamiento para que la sostenibilidad de estos programas no dependa de un solo actor. Estas conclusiones llegarán a Lima como insumo para el Congreso Internacional de Fe y Alegría, del 19 al 21 de octubre, donde la Federación buscará convertir estos aprendizajes compartidos en compromisos concretos.
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